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Mertens

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MERTENS
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……….A Esteban ya le había parecido en el viaje del 25 de mayo, dos semanas antes, que había algo misterioso o revelado en Andrea Lou. Una extraña y nueva vocación de epifanía para una chica hija del trueno. Desde que su hermana viajaba todo el tiempo por los caminos rurales, e incluso desde que vivía en la estancia de Camilo Aldao, había empezado a tener otra idea del tiempo, del transcurrir, de la acción y del paisaje o a causa de él. La veía más blanda, con otro ritmo, algo nimbado en una chica Ramones, como si algo de la llanura la calmara sin sospechar que la paz venía después de unas sesiones de filosofía del tocador que el Mejías bastardo le daba en las oficinas del matadero. O mejor aún, a causa de su visión o de la mirada, pensaba Esteban, aunque no sabía que solo después de una mística ritual de sexo crudo y humillante podría quedar preparada para la política. Que solo desde la oscuridad podría ver la luz y el espacio transparente y expansible de la llanura. Lo infinito, encadenado en el galpón y el grito oído en el bozal: lo no dicho, en la mordaza; la pureza, en el cerdo. Pero no como la música intraducible de la pampa borgeana (“esa hora de la tarde en que la llanura está por decir algo pero nunca lo dice”), no como la inminencia, sino que a Andrea parecía decírselo, porque ella lo refería por los signos del viento, del agua, los animales, el cielo.
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En el campo nada parece tener cálculo o miedo. Esteban lo refería al paisaje, pero en realidad era cosa de él. Lo que él creía que le sucedía a su hermana, era lo que le pasaba a él. A ella ya sabemos lo que le ocurría: un spa bestial de asado con cuero, una mujer carancheada a la parrilla por un cuervo insaciable, ciego, sordo y mudo, con la habilidad de un cirujano y la misma conciencia de un bisturí mecánico. Y quedaba exhausta, claro. Ensimismada, por supuesto, el tiempo no le parecía sucesivo sino más bien largo, empozado, feliz.
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Como si salir de la ciudad modificara la visión o la medida de las cosas, pensaba Esteban, pero solo él veía todo en un plano enorme, que incluía, hacia arriba, lo que se llama cielo, y hacia adelante, el horizonte. Era él, no ella quien solía tener enormes tramos de silencios y medir las cosas por viajes y extensiones. Era él en la ensoñación, a veces, por una tranquera o un ícono viejo a la entrada de un campo o un roble fulminado por el rayo a la salida del pueblo. Otras veces, ir y volver demasiado a mirar el río de sangre donde vertían las cloacas del matadero (allí tuvo un levísimo presentimiento), o los altares del Gauchito Gil o de la viuda mendocina.
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A menudo eran cruces de Cristo en la banquina, muertos en accidentes de autos, fenómenos del clima, el viento, el granizo, los colores de los cirrus, la ondulación de las espigas o los choclos, una brisa arisca si uno mira el reloj (como hizo Esteban) y descubre que apenas son las tres de la tarde un ocho de junio en el hemisferio sur, o austral, que es una palabra más poética.
Todo empieza con la mística y termina en la acción: el derrotero de los Pereda era así, de los tres pensó Esteban y lo incluyó a Javier: se empieza creyendo y después se quiere hacer. Quizá eso explicara el gusto raro que había tomado su hermano por un disco de Bill Evans, y él y Andrea Lou por un disco de Wim Mertens, el disco de las virtudes morales y teologales, porque quizá esa visión de la pampa y un CD de música fueran el único lugar del mundo donde esas cosas sobrevivieran.

……………………………………….Marce.
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frag. novela MI SUEÑO, p. 86-87