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ALFREDO OLDANI

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El tren de las 4 de la tarde.

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El rancho donde vivía era una tapera a la vera de las vías del tren.

Si mi memoria no me falla las primeras veces que quedaron impresas fueron allá cuando tenía  4 o 5 años. Yo merendaba tranquilo y a lo lejos se escuchaba el pitido del tren de las 4 de la tarde. ¡Cómo no recordarlo! El estruendo hacía que a su paso El Sordo despertara de su siesta y el temblor era tan impresionante que  hasta al más equilibrista hacía parkinnsonear. Se rompían vasos, platos, tazas, y por supuesto cagaba toda búsqueda de tranquilidad en esas horas. Con mi hermana lo odiábamos. Poníamos tuercas en las vías, armábamos barricadas de todo tipo, pero nada podía contra su fuerza. Tiraba todo lo que tardábamos a veces horas y horas en construir.

Mis viejos se habían resignado hace tiempo y hartos de que todo se cayera y se hiciera trizas, fueron cambiando todo. Así que ahora Todo se seguía cayendo, pero no se rompía porque era de plástico. Todo era irrompible, hasta que pasó lo impensado. Mis viejos cebaban mate y charlaban en una punta de la mesa,  mi hermana y yo  peleábamos y tomábamos mate cocido con tostadas en la otra,  cuando el temblor azotó nuevamente nuestro rancho antisísmico. De repente, las cenizas del abuelo cayeron desde el aparador a y todos quedamos cubiertos de su polvo. Mi viejo golpeó la mesa y largó una puteada al aire escupiendo al abuelo que había quedado en su boca. La bronca que tenía era incontenible, si algo le faltaba, era que su suegro lo volviera a abrazar de esa manera. Mi hermana rebalsada de asco vomitó sobre mi mate cocido. No puedo decir que no me resultó interesante  ver aquella mezcla del abuelo con el vómito de Inés, así que con mi dedo rasgué la mesa y levanté una especie de moco gigante viscoso y verdoso, y ese fue el sabor que me quedó de aquella rica merienda. Mi madre horrorizada por semejante escena se levantó de la mesa y se fue. Al día de hoy no se quien tuvo lo huevos suficientes para limpiarlo.

A partir de ese día la empresa “descarrilamiento del tren” fue cosa seria,  por lo menos así se lo tomó mi viejo. Empezaron las reuniones con el herrero, las charlas eran continuas e interminables, de hecho yo me despertaba a veces en plena madrugada y los escuchaba. Juntos tomaban mates esperando que pasara el tren  y estudiaban cada detalle. Así llegaron a la conclusión de realizar el trabajo a 400 metros de la casa,  donde las vías iniciaban una curva imperfecta. Así el herrero construyó 2  hierros de 2 metros de largo soldados a las vías, con uno de los extremos levantados en forma de cuña. Después de dos semanas el trabajo estuvo terminado.

La tarde del 7 de enero el calor rajaba todo, y cuando todos los vecinos dormían o se reparaban del sol adentro, toda mi familia, más el herrero, esperaban el paso del tren. Eran las 4 y no aparecía, las 5 y no aparecía, las 6 y no aparecía, cuando ya cansados nos fuimos adentro y nos enteramos por radio del paro de ferroviarios por tiempo indeterminado. Pucha! Qué mala pata!!

El herrero seguía viniendo a visitar a mi familia incluso cuando mi viejo estaba laburando. Un buen día se levantó el paro y el tren volvió  a pasar.  La decepción fue total ya que pasó airoso  aquella prueba.  Ese fue el punto donde todos nos resignamos y acostumbramos a su paso continuo. Hasta que nos enteramos por un vecina, que el herrero se enfierraba a mi vieja y ahí la que descarriló, fue mi familia que se fue a la mierda. Mi viejo no largó palabra, armó sus valijas y se fue. Yo me fui atrás de él.

Habrían pasado 3 meses cuando leí en policiales “Procesan a herrero por descarrilamiento de un tren” y no pude más que largarme una carcajada.

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…………………………ALFREDO OLDANI

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COMENTARIO, Marcelo Scalona: un relato costumbrista de gran vigot que comenzando por la parodia bufa, produe un desbaratamiento hacia el drama y la épica, con un aire de western incluso, de aventura. Uno de sus mayores méritos es la PROGRESIÓN DE LA ACCIÓN, y el escamoteo de la información en la construcción de la trama, otorgándole al texto la virtud de la sorpresa, la frescura, y otra vez, el desbaratamiento de lo obvio, o esperado por el lector común. La resolución es un golpe arltiano a la mandíbula.